En los últimos días, una propuesta impulsada por el Partido Nacionalista Vasco en el Congreso ha encendido las alarmas en toda una tierra que, desde hace siglos, ha hecho del acero, la destreza y la tradición un modo de vida. No es una exageración, hablamos de la posible estigmatización de la navaja, símbolo inequívoco de Albacete, convertida ahora, por obra de una visión simplista, en sospechosa por definición.
Conviene decirlo alto y claro: legislar contra la violencia es una obligación, hacerlo contra la cultura es un error.
La navaja albaceteña no es un arma en su esencia. Es una herramienta, un objeto de uso cotidiano, una pieza de artesanía que ha acompañado durante generaciones a agricultores, pastores, jornaleros y ciudadanos. Es, además, una expresión cultural profundamente arraigada en Castilla-La Mancha, una manifestación de identidad que forma parte de nuestro legado colectivo, al mismo nivel que otras tradiciones que hoy se defienden con orgullo.
Pretender endurecer su regulación sin distinguir entre usos, contextos y tipologías es tanto como confundir el instrumento con la intención. Y eso, en el ámbito legislativo, resulta peligroso. Porque abre la puerta a decisiones que, lejos de resolver el problema de la violencia, terminan castigando a quienes nada tienen que ver con ella.
El sector cuchillero de Albacete no es una industria cualquiera. Es historia viva. Es empleo, es economía, es conocimiento transmitido de padres a hijos. Es también excelencia, pocas ciudades en Europa pueden presumir de una especialización artesanal tan reconocida y valorada internacionalmente. ¿Vamos a poner en riesgo todo eso por una medida que ya parte de un diagnóstico equivocado?
No olvidemos que el actual Reglamento de Armas en España ya establece limitaciones claras, prohíbe las navajas automáticas y aquellas con hojas superiores a once centímetros, regulando además su porte en espacios públicos. Es decir, el marco legal existe. Endurecerlo indiscriminadamente no ataca la raíz del problema, sino que añade un nuevo perjuicio a un sector que cumple con la ley y que representa lo mejor de nuestra tradición artesanal.
Desde mi responsabilidad como académico de la Academia de Gastronomía de Castilla-La Mancha, no puedo permanecer ajeno a este debate. La gastronomía, como la artesanía, es cultura. Y la cultura no se fragmenta, se defiende en su conjunto. La navaja forma parte de ese universo simbólico que define a nuestra tierra, igual que lo hacen nuestros productos, nuestras recetas o nuestras celebraciones.
No se trata de nostalgia. Se trata de respeto.
Respeto por quienes trabajan con sus manos y mantienen viva una tradición centenaria.
Respeto por una ciudad que ha hecho de su nombre sinónimo de calidad.
Y respeto, en definitiva, por una identidad que no puede ni debe ser sacrificada en el altar de la corrección política o del oportunismo legislativo.
La seguridad es imprescindible. Pero no puede construirse a costa de arrasar con lo que somos.
Legislar contra el delincuente, sí.
Contra la cultura, nunca.
Antonio Martínez Iniesta
Académico por Albacete