Pues parece que son más cada día quienes piensan que el tan español clásico menú del día, con su primer y segundo plato, pan, bebida y postre a precio económico, tiene los días contados, como ya he publicado en alguna ocasión.
Cierto es que procurar variedad de alimentos en la dieta, estructurando las comidas con distintas preparaciones, asegura el equilibrio nutricional y aleja el recurso a los suplementos para paliar las deficiencias, por lo que es una sabia costumbre, aun con sus particulares peculiaridades, adoptada en prácticamente todas las culturas.
En Italia se sirve antipasto, primo y secondo piatto, contorno y dolce. En Francia se ordena la mesa con entrée, plat principal, fromage y dessert. En Japón se sigue la regla del Ichiju sansai, una sopa y tres platillos, acompañados de un cuenco de arroz blanco y encurtidos. En China se disponen múltiples y variados platos sobre un centro giratorio. En Corea, los banchan aportan sabor y nutrientes al arroz principal. Y en los mezzes turcos, árabes o griegos se reúnen las valiosas propiedades de los alimentos mediterráneos con el mutabbal, hummus, tzatziki, haydari, faláfel, tabulé, dolmas, sarmas o el kibbeh libio.
El menú del día español para algunos debe su origen a Ziryab, confidente del emir Abderramán II, quien, procedente de Bagdad, introdujo, a su llegada a la corte omeya de Córdoba hacia el año 822, el refinamiento oriental en la mesa y la secuencia del servicio de viandas en Al-Ándalus. Aunque es más cierto que se instauró, no por razones culturales, sino porque así lo estableció en 1970 una norma de ordenación turística de restaurantes, con el fin de diferenciarlo claramente de la Carta de platos.
Es poco probable que lo que hoy entendemos como menú del día compuesto por platos de comida casera – cuidadosamente preparada con ingredientes frescos y naturales mediante métodos tradicionales de cocina -, ya que es casi imposible que pueda mantener los precios que tendrían sentido para los consumidores habituales. Clientes que no quieren o no pueden volver a sus casas, pero que, poco a poco, van perdiendo poder adquisitivo por el encarecimiento de la vida y la inflación.
Según el Banco de España, entre 2019 y 2024, los precios de los alimentos han aumentado más que los del resto de los componentes de la cesta de la compra. En ese tiempo, el precio de producción de los alimentos se incrementó un 40,9%, lo que se ha reflejado en el precio de consumo con una subida del 33,9%. Si entramos en detalles, por ejemplo, la fruta fresca, de acuerdo con el Panel de consumo del Ministerio de Agricultura, ha incrementado en ese tiempo su precio en un 61,1%.
Con esta prometedora situación alimentaria, la subida del precio de la energía imprescindible para mantener encendidas las cámaras frigoríficas y los fogones, así como la acuciante falta de mano de obra, sería de inocente candidez pretender que el menú del día siga siendo clásico y costando a los precios que estábamos acostumbrados. Muchos restaurantes necesitan recurrir, para ahorrar costes, mantener precios y no cerrar, a los alimentos de quinta gama. Elaborados, cocinados y envasados por la industria alimentaria para su consumo inmediato en restaurantes que difícilmente pueden retener su identidad culinaria.
Pilar Gil Adrados
Académica por Toledo