La ciencia sigue estudiando el vino

Raro es el día en que la ciencia no nos ofrece resultados de estudios, nuevos proyectos de investigación o prometedores avances en el conocimiento sobre el vino. Que el vino protagonice tantas tareas científicas refleja su papel histórico: no solo se trata de vitivinicultura, sino de nosotros mismos, de rutas comerciales, de migraciones, de civilizaciones e imperios, de una tradición que ha dado forma a nuestro paisaje natural y cultural, una combinación entre naturaleza y actividad humana desde hace milenios.

A propósito de su antigüedad, en septiembre la revista científica Current Biology  publicó el trabajo de un grupo de investigadores del CSIC y de la Universidad de Valencia que confirman, mediante la secuenciación genética de semillas de vid arqueológicas, que las primeras cepas domesticas llegaron hace más de 3.000 años desde el Mediterráneo oriental con la colonización fenicia. Hay evidencias de que pronto se hibridaron con las vides silvestres locales, lo que explicaría la fácil adaptación de la viticultura en el Mediterráneo occidental y que los linajes orientales persistan en nuestras variedades, ahora tradicionales.  Este proceso agrícola tuvo una clara intención de expansión comercial que se alcanzó a finales del siglo VIII antes de nuestra era, más de medio milenio antes de la presencia romana en la península.

Por eso no es de extrañar que haya tantas referencias al vino en los clásicos y que médicos como Hipócrates de Cos, Mnesiteo de Atenas, Dioscórides, Galeno de Pérgamo, Avicena o Averroes, además de utilizarlo para mezclar fármacos, curar heridas y sanar el agua por su efecto antiséptico, recomendaran su uso con moderación por ser beneficioso para la salud. Claros precursores de la dieta Mediterránea.

Fundamentaban su prescripción médica en su experiencia, en datos empíricos, como la mayoría de los estudios actuales sobre el vino y su efecto en la salud que son observacionales, puesto que solo analizan los hábitos de personas durante años. Ofrecen información y evidencias sobre la asociación entre el consumo de vino y su efecto beneficioso o perjudicial, pero no la causa que produce esos efectos.

No obstante, hay interesantes estudios experimentales sobre el efecto del vino tinto -consumido como parte de una dieta equilibrada y con moderación- sobre variables intermedias como la microbiota intestinal, que han probado la relación causal de los polifenoles de la uva con la mayor diversidad microbiana, la mejora del perfil lipídico (reduciendo el colesterol LDL) y la disminución de los marcadores inflamatorios.

Si bien, no conocemos la causalidad sobre eventos de salud reales a largo plazo, como son la mortalidad, enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes tipo 2, demencia, depresión o cirrosis que requieren ensayos clínicos que pueden ser éticamente cuestionables, son más complejos y sus resultados requieren tiempo.  No hay evidencias sólidas para responder si la abstinencia total, predicada por algunas corrientes, es una alternativa más razonable frente al consumo moderado auspiciado desde los clásicos.

Respuesta que busca el proyecto UNATI de la Universidad de Navarra, financiado por el European Research Council, para ofrecer la recomendación más sensata a los consumidores moderados, dada la alta prevalencia del consumo moderado de vino y las opiniones contrapuestas de la comunidad científica.

Pilar Gil Adrados

Pilar Gil Adrados

Académica por Toledo