Un agricultor en Bután se inclina sobre una terraza labrada en la ladera de una montaña. Los arrozales están pintados de verde en Paro, queda muy poco para otra cosecha en la que el arroz espera a ser recolectado junto a animales y la huerta familiar. A 8.000 kilómetros de distancia, un agricultor de olivas en España atraviesa un campo endurecido por otro verano de calor y mira al cielo esperando una lluvia que apenas ha llegado.
A primera vista, poco parece unirlos: Himalaya y sol español; cultivos, lenguas y economías distintas. Hasta la tierra bajo sus pies tiene otro color.
Desde lejos parecen mundos diferentes. El arroz crece como parte del decorado del valle del río Chhu. Solo escuchamos agua, pájaros y las gotas intermitentes de la estación de lluvia, cuya llegada e intensidad son cada vez menos predecibles.
Viajé a Bután para participar en la primera Cumbre Mundial de Sistemas Alimentarios Conscientes, organizada en septiembre por la Alianza para los Sistemas Alimentarios Conscientes (CoFSA) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), con el apoyo del Gobierno de Bután, a la que asistieron cerca de 400 personas de más de 60 países: agricultores, líderes indígenas, científicos y responsables políticos.. No era casualidad hacerlo allí: la Felicidad Nacional Bruta lleva décadas planteando que el progreso no se mide sólo por la economía, sino también por el bienestar, la cultura, la comunidad y la relación con el entorno.
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Aitor Sánchez García
Académico por Albacete